El cántaro arribará como azulejos fundidos en la distancia ocre y ácida, así como el fuego galopó el barro y humedecerá las cúpulas derribadas por el fulgor de los trinos.
Hermes no dudaría en su lugar, mientras que Ulises titubea ante la sola idea de estar amurado a un poste mientras es atravesado por infinitas espadas que no lo matarán sino sólo en sueños, en los que las sirenas lloran mientras le cantan a las ruinas. Butes se lanza.